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miércoles, 22 de enero de 2014

El día que la familia real de Portugal y toda la corte, se traslado de continente para gobernar.


En noviembre de 1807 los franceses invadieron Portugal para forzar a las autoridades lusas a secundar el bloqueo continental contra Gran Bretaña, obligando al regente, Don Juan, a elegir entre la fidelidad debida a sus tradicionales aliados británicos o la dominación del país por el ejército galo. Al optar por la primera opción, el regente decidió refugiarse en Brasil, en compañía de la familia real y de más de 10.000 cortesanos y burócratas. Su traslado, junto con el de los caudales que llevaba consigo, fue protegido por una escuadra británica. El 22 de enero de 1808 la corte llegó a Bahía, donde fue recibida con grandes muestras de alegría popular. Y si bien en ese momento nada lo presagiaba, la apresurada fuga de Lisboa de la casa de Braganza puso en marcha una serie de fuerzas, todavía incipientes, que catorce años más tarde provocarían la independencia del Brasil. Una vez instalada su corte en Río de Janeiro, don Juan se dedicó al desarrollo de un amplio programa reformista que pretendía cambiar las relaciones coloniales, ya que un Brasil dependiente y con condición colonial no era lo más adecuado para el desempeño real. Entre las medidas adoptadas destacaba el reconocimiento del Brasil como la sede del Imperio portugués y la equiparación entre el status de la metrópoli y el de la colonia. En 1815 se impuso la denominación de Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve para el conjunto de los territorios de la corona portuguesa. También tuvo fuertes repercusiones la sanción de la Carta Regia en enero de 1809 que, aunque de forma transitoria, abría los puertos de todo el país a las embarcaciones con bandera de los países aliados, de hecho estaba significando la abolición del clásico monopolio comercial. De este modo, los comerciantes británicos pudieron aumentar su presencia en el Brasil y muchas casas comerciales del mismo origen se instalaron en las principales ciudades y puertos del país. Entre las reformas administrativas destacó la creación del Consejo de Estado, en Río de Janeiro y de la Suprema Corte de justicia, un alto tribunal auditor que entendía en cuestiones fiscales. También se fundó un banco, se introdujo una imprenta, se inauguró una biblioteca real, se crearon facultades de derecho y de medicina y una academia militar y se comenzó a publicar un periódico. Estos hechos revalorizaron el papel de las oligarquías locales en el Imperio y condujeron, de forma irreversible, a la emancipación. El traslado de la corte al Brasil y el gobierno de Portugal desde la colonia tuvieron consecuencias importantes en la relación colonial, ya que si bien permitieron el renacimiento de la vida económica, intelectual y científica del Brasil, para muchos portugueses supusieron una gran postergación en sus aspiraciones de progreso. Las apetencias de la esposa de don Juan y hermana de Fernando VII, la infanta Carlota Joaquina, por el trono español la llevaron a intervenir en algunos sucesos internos de las colonias hispanas, especialmente en el vecino virreinato del Río de la Plata. Los deseos expansionistas del Brasil también se manifestaron en 1816, con la invasión de la Banda Oriental, en ese momento integrada en las Provincias Unidas del Río de la Plata y, especialmente, en 1821, con la creación del Estado Cisplatino. En 1825, Juan Antonio de Lavalleja, al mando de los "treinta y tres orientales" encabezó un levantamiento armado cuyo principal objetivo era la expulsión de los portugueses de la Banda Oriental. Tras la guerra entre Brasil y Argentina, de tres años de duración, la República Oriental del Uruguay emergió como un nuevo estado independiente, que en el futuro debería luchar por mantener una posición equidistante al margen del influjo de unos y de otros. El paso de los años consolidó la presencia de la corte, y la de los cortesanos, en Brasil, creando una red de intereses que dificultaban su regreso a Portugal, aún cuando ya habían desaparecido las causas que habían condicionado su traslado a América. Fueron numerosos los miembros de la corte, especialmente los más poderosos, los que se convirtieron en propietarios en Brasil, bien por la vía de la adquisición de tierras o bien por alianzas matrimoniales con ricas herederas locales, que a su vez buscaban ennoblecerse rápidamente con esas transacciones tan particulares. Un caso significativo fue el del conde de Barca, que hasta su muerte, ocurrida en 1817, había sido ministro de Estado y había adquirido extensas posesiones ganaderas en Rio Grande do Sul y se dedicó exitosamente a la exportación de cueros.




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