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sábado, 21 de noviembre de 2015

Imperio bizantino.


El Imperio bizantino (también llamado Imperio romano de Oriente o, sencillamente, Bizancio) fue el Estado heredero del Imperio romano que pervivió durante toda la Edad Media y el comienzo del Renacimiento y se ubicaba en el Mediterráneo oriental. Su capital se encontraba en Constantinopla (en griego: Κωνσταντινούπολις, actual Estambul), cuyo nombre más antiguo era Bizancio. También se conoce al Imperio bizantino como Imperio romano de Oriente, especialmente para hacer referencia a sus primeros siglos de existencia, durante la Antigüedad tardía, época en que el Imperio romano de Occidente continuaba todavía existiendo.
A lo largo de su dilatada historia, el Imperio bizantino sufrió numerosos reveses y pérdidas de territorio, especialmente durante las Guerras Romano-Sasánidas y las Guerras arabo-bizantinas. Aunque su influencia en África del Norte y Oriente Próximo había entrado en declive como resultado de estos conflictos, continuó siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media. Tras una última recuperación de su pasado poder durante la época de la dinastía Comneno, en el siglo XII, el Imperio comenzó una prolongada decadencia durante las Guerras otomano-bizantinas que culminó con la toma de Constantinopla y la conquista del resto de los territorios bajo dominio bizantino por los turcos, en el siglo XV.
Durante su milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo, e impidió el avance del Islam hacia Europa Occidental. Fue uno de los principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y las costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.
En tanto que es la continuación de la parte oriental del Imperio romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un proceso que se inició cuando el emperador Constantino I el Grande trasladó la capital a la antigua Bizancio (que entonces rebautizó como Nueva Roma, y más tarde se denominaría Constantinopla); continuó con la escisión definitiva del Imperio romano en dos partes tras la muerte de Teodosio I, en 395, y la posterior desaparición, en 476, del Imperio romano de Occidente; y alcanzó su culminación durante el siglo VII, bajo el emperador Heraclio I, con cuyas reformas (sobre todo, la reorganización del ejército y la adopción del griego como lengua oficial), el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente al del viejo Imperio romano. Algunos académicos, como Theodor Mommsen, han afirmado que hasta Heraclio puede hablarse con propiedad del Imperio romano de Oriente y más adelante de Imperio bizantino, que duró hasta 1453, ya que Heraclio sustituyó el antiguo título imperial de «augusto» por el de basileus (palabra griega que significa 'rey' o 'emperador') y reemplazó el latín por el griego como lengua administrativa en 620, después de lo cual el Imperio tuvo un marcado carácter helénico.




En todo caso, el término Imperio bizantino fue creado por la erudición ilustrada de los siglos XVII y XVIII y nunca fue utilizado por los habitantes de este imperio, que prefirieron denominarlo siempre Imperio romano (griego: Βασιλεία Ῥωμαίων, Basileia Rhōmaiōn; latín: Imperium Romanum) o Romania (Ῥωμανία) durante toda su existencia.














Fundada por Constantino, la magnífica capital del antiguo Imperio romano de Oriente sobrevivió a los bárbaros y, tras sus fuertes murallas, conservó durante mil años el legado de Roma, en medio de conspiraciones, intrigas y motines.

Durante mil años, la fabulosa capital del antiguo Imperio romano de Oriente se defendió tenazmente de sus enemigos, mientras tras sus murallas se sucedían intrigas políticas y revueltas populares. En los tiempos gloriosos de la urbe, durante los siglos X y XI, Constantinopla podía jactarse de ser, junto a la musulmana Córdoba, la urbe más populosa de Europa. Pero en vísperas de su caída -que acaeció en 1453-, sólo era una ciudad arruinada y medio abandonada. El 8 de noviembre de 324, el emperador Constantino emprendió la construcción de una nueva capital que llevaría su nombre: Constantinopolis, «la ciudad de Constantino».

De este modo celebraba su victoria sobre Licinio, su adversario en el camino al trono. Constantinopla había sido refundada en el lugar que ocupaba la antigua colonia griega de Bizancio, de ahí que también se la designe de esta forma y se llame Imperio bizantino al territorio que gobernó. Desde la definitiva división del Imperio romano, a la muerte de Teodosio I el Grande (en el año 395), Constantinopla fue capital de la mitad oriental, y se convirtió en uno de los más populosos enclaves del mundo romano y en el mayor centro económico del Mediterráneo, controlando la producción cerealística de Egipto y de la opulenta Anatolia.

En el ámbito espiritual y cultural, también fue ganando terreno a Occidente: en el siglo IV, el obispo de la ciudad reclamó el rango de patriarca, y durante esa centuria y la siguiente, después de la prohibición del culto y de las antiguas instituciones paganas (entre ellas, la Academia de Atenas), florecieron en Constantinopla universidades y bibliotecas donde se conservó la filosofía griega -el saber tradicional pagano-. A mediados del siglo V, el Imperio de Occidente cayó ante los bárbaros. Pero los bizantinos guardaron celosamente la llama de la civilización romana.

En adelante, Constantinopla fue adquiriendo fama de perdurabilidad como el inexpugnable corazón de un renovado Imperio romano, protegida por sus muros ciclópeos y por el legendario «fuego griego», una sustancia combustible que la flota bizantina utilizó durante la Edad Media y que constituía una verdadera arma secreta. Durante toda la Edad Media -el milenio que va desde la conquista de Roma por los bárbaros, en el siglo V, hasta la caída de Constantinopla en poder de los turcos, en el siglo XV-, la ciudad fue escenario de pasiones desbordadas, con disputas políticas y religiosas que regaron de sangre calles y palacios. La ciudad fue escenario de intrigas palaciegas de todo tipo entre facciones políticas -la aristocracia cortesana, la nobleza de las provincias- y entre familias candidatas a ostentar la púrpura.

El gobierno de Andrónico se basó en el apoyo de la plebe, por lo que se enemistó con la aristocracia y tuvo un trágico fin. El populacho sometió a Andrónico I a todo tipo de vejaciones: le cortaron las manos y le arrancaron los ojos, dientes y cabellos, hasta que un soldado lo mató. Entre los siglos IX y XI, la población de la ciudad rondó el millón de habitantes, pero en esta última centuria comenzó un declive imparable. La entrada en escena de los turcos otomanos, cuyo avance dejó a Constantinopla totalmente aislada por mar y tierra, aceleró su decadencia. Tras las desesperadas peticiones de ayuda a Occidente, como el viaje de Manuel II Paleólogo por Europa, Constantinopla fue tomada por el sultán Mehmed II el 29 de mayo de 1453.


La iglesia de Santa Sofía es una de las obras cumbre del arte bizantino. Su significado es Divina Sabiduría y está dedicada a la segunda persona de la Santísima Trinidad. Durante casi un siglo fue el centro espiritual del Imperio bizantino, catedral de los patriarcas, escenario de los actos estatales importantes y marco de un esplendoroso ceremonial en el que se manifestaban el poder la dignidad del imperio teocrático.
Fue construida entre los años 523 y 537 d.C, durante el mandato de Justiniano en Constantinopla, capital del Imperio Bizantino (hoy Estambul, Turquía), por los arquitectos y matemáticos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto.
La iglesia es de planta cuadrada de 79,30 m. x 69,50 m., con una gran cúpula central que mide 31 m de diámetro y 55 m de altura. La cúpula de Santa Sofía es de tal grandiosidad que sólo tiene su antecedente en el panteón de Agripa (Roma). Tiene un gran anillo de ventanas y está apoyada en cuatro pechinas, las cuales a su vez posan sobre cuatro pilares, que al estar en el exterior del edificio parece como si la cúpula se sostuviera en el aire.
La cúpula ya mencionada tuvo que ser reconstruida en el año 558, y al ser nuevamente levantada se emplearon trozos de ánfora porosas para que su peso fuera menor. Además se le incorporó un tambor cilíndrico con una serie de ventanas alrededor del gran casquete esférico, que ilumina el interior de la iglesia.






















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