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martes, 11 de octubre de 2016

Historia de las células HeLa, las celular inmortales.


Lacks, una mujer sin recursos de Maryland, fue tratada por un cáncer terminal en 1951. En ese proceso, los doctores extrajeron células de su cuerpo.
Fueron las primeras células humanas que se pudieron cultivar indefinidamente en un laboratorio.
Y ese avance histórico abrió el camino a incontables tratamientos médicos.
La historia de cómo una humilde tabacalera afroamericana transformó sin querer la biomedicina se conoció en 2010 gracias al best-seller "La vida inmortal de Henrietta Lacks".
Lacks tenía 31 años cuando murió a causa de un cáncer de útero en el hospital Johns Hopkins de Baltimore. Sus células cancerígenas fueron extraídas sin su consentimiento, como era habitual en aquellos años.
El material genético propició importantes avances en diferentes áreas –incluyendo vacunas y tratamientos de fertilidad y de cáncer– y fue objeto de más de 75.000 estudios.
Pero mientras el genoma llamado "HeLa" sirvió de base para la multimillonaria industria biotecnológica, los familiares de Lacks nunca recibieron nada de las riquezas generadas por la llamada "línea celular inmortal".
Esta es la historia de las células HeLa. Son las primeras células de nuestra especie que se cultivaron en el laboratorio. Así los científicos tuvieron una técnica esencial para conocer cómo funcionan nuestras células, investigaron las causas de muchas enfermedades y ensayaron tratamientos para curarlas. El primer trabajo publicado que se basaba en las células HeLa trataba de la propagación del virus de la poliomielitis y se publicó en mayo de 1953. Lo firmaban William Scherrer, Jerome Syverton y George Gey, de la Universidad de Minnesota en Minneapolis y del Hospital Johns Hopkins de Baltimore. Antes, el año anterior, el mismo grupo había publicado un trabajo de presentación de esta cepa de células, pero fue con el artículo sobre el virus de la polio como se dieron a conocer.

En estos artículos se cuenta que fue George Gey quien obtuvo las células de una biopsia de un cáncer de cuello de útero el 8 de febrero de 1951. Fueron cultivadas en 30 rotaciones hasta el 31 de mayo de 1952 y crecieron de una manera extraordinaria. Precisamente este era el problema con las células humanas pues, hasta entonces, no crecían o lo hacían muy lentamente una vez separadas del cuerpo. No así las células HeLa que crecían sin parar. Y lo siguen haciendo en la actualidad.

En esa fecha de los 30 cultivos, el 31 de mayo de 1952, se envió una muestra a la Universidad de Minnesota que se convirtió en el cultivo stock inicial de células HeLa. Poco después comenzó la investigación sobre la propagación del virus de la poliomielitis que llevaría al artículo publicado en mayo de 1953.

Como he dicho, las células HeLa provienen de un cáncer de cuello del útero y las primeras muestras llegaron a George Gey el 8 de febrero de 1951. Unos días antes, el 1 de febrero, había ingresado en el Hospital Johns Hopkins una mujer de 30 años que presentaba pequeñas hemorragias entre los periodos menstruales. El examen del cuello del útero reveló una lesión de unos 2.5 centímetros de diámetro. Se tomaron cuatro muestras como biopsia y se diagnosticó un cáncer del cuello uterino. De una de estas biopsias salió la muestra que dio origen a las células HeLa.

En los meses siguientes, la enferma recibe sesiones de radio- y quimioterapia, pero la enfermedad no cede, se extiende y los fuertes dolores abdominales la llevan de nuevo a ingresar en el hospital el 8 de agosto de 1951. Finalmente, a las 12.15 horas del 4 de octubre de 1951, fallece. Tenía 31 años, se llamaba Henrietta Lacks y de su nombre y apellido tomo George Gey las iniciales y derivó el nombre de las células que la han hecho inmortal: células HeLa. A la vez que ella moría, en otro departamento del mismo Hospital Johns Hopkins, y sin que ella lo supiera, sus células llevaban nueve meses multiplicándose sin parar en el laboratorio.

Además, ese mismo día en que Henrietta muere, George Gey es entrevistado en una televisión nacional y enseña un tubo con las células HeLa. Las llama con este nombre y declara que “es posible que, con un estudio de investigación básica como este (y muestra el tubo con las células), podamos aprender la manera de erradicar el cáncer”. Esta esperanza de Gey coincide con la muerte por cáncer de Henrietta. Y ni su familia ni ella sabían nada de las células HeLa. Por cierto, Gey no explicó de donde venía el nombre de HeLa. Nunca publicó su origen ni dio el crédito que merecía la paciente. Durante años se especuló que el nombre venía de “Harriet Lane”, “Harriet Larsen” o “Helen Lane”.

En aquellos años no era necesario pedir ningún tipo de permiso al paciente o a su familia. Años después, mientras la fama y la utilidad de las células HeLa se extendía por la comunidad científica y en la sociedad en general, se dice que nadie se atrevió a explicar que procedían, no solo de una mujer sino, además, de una mujer negra.

También es cierto que Gey nunca buscó su enriquecimiento personal. Donó las células a la comunidad científica y envió una muestra a quien se lo pidió. Buscaba, sin otra intención, el desarrollo de la ciencia y, sobre todo, de la medicina. Las células HeLa, después del trabajo de Gey con el virus de la polio, sirvieron a Jonas Salk para ensayar la primera vacuna contra esta enfermedad. Además, en los más de 60 años que han pasado desde entonces, se han utilizado en estudios sobre cáncer, SIDA, efectos de la radiación o de diferentes tóxicos, mapeo genético y muchas otras investigaciones. Incluso han viajado al espacio hasta el laboratorio espacial. Como dato concreto, se puede aportar que, hasta 2013, su han publicado más de 70000 artículos sobre estudios realizados con células HeLa, o que se publican unos 300 cada mes. Se dice que los científicos han hecho crecer entre 20 y 50 toneladas de estas células y existen unas 11000 patentes en las que aparecen células HeLa. En la actualidad, se han convertido en un negocio que mueve miles de millones de dólares al año. Mientras tanto, los descendientes de Henrietta Lacks, ya de la tercera generación, viven en la pobreza.

Henrietta Lacks (1920 – 1951)

Volvamos a la protagonista. Henrietta Lacks era negra y nació, con el nombre de Loretta Pleasant, en Roanoke, Virginia el 1 de agosto de 1920. No se sabe quien ni por qué su familia le cambió su nombre de Loretta a Henrietta. Cuando murió su madre, en 1924, al tener su décimo hijo, el padre, incapaz de cuidar a tantos, los repartió entre varios familiares. Henrietta acabó en la casa de su abuelo paterno en Clover, Virginia, en una casa de dos habitaciones que había sido alojamiento de esclavos en la hacienda de su bisabuelo, blanco por supuesto. Compartió habitación con muchos primos y, entre ellos, con David “Day” Lacks, entonces con nueve años de edad, con el que se casaría años más tarde.

A los 14 años tuvo su primer hijo, a los 18 su primera hija, con 21 años se casó con su primo, padre de ambos y de otros tres que vendrían después hasta 1950. Fue, a los 29 años, después del nacimiento de su quinto hijo, cuando sintió los primeros dolores del cáncer que provocaría su muerte. De familia eran cultivadores de tabaco, es decir, quienes lo recogían en las enormes fincas dedicadas a su cultivo. Eran pobres y para prosperar se trasladaron a Baltimore en 1943, aunque no consiguieron mucho. Hay quien dijo que la familia Lacks había cambiado un alojamiento con dos habitaciones y una cocina de leña por un alojamiento con dos habitaciones y una cocina de gas. Este traslado permitió a Henrietta, al enfermar, ingresar en el Hospital Johns Hopkins.

Hubo que esperar a 1996 para encontrar las primeras publicaciones que reconocían la contribución de Henrietta Lacks, nada menos que con sus células, y de su familia a la investigación en medicina y salud. Llegó el agradecimiento desde la Facultad de Medicina de Atlanta, en Georgia, de su alcalde y, en último término, del Congreso de los Estados Unidos. En Atlanta, el 11 de octubre de cada año se celebra el Día de Henrietta Lacks.

Han pasado 62 años, y en ese tiempo, ni Henrietta ni su familia han tenido ninguna información ni posibilidad de intervenir en lo que se ha hecho con las células HeLa. Lo tienen difícil. El Tribunal Supremo del Estado de California, en una sentencia sobre un tema similar aunque no trata directamente de las células HeLa, estableció que, cuando se recogen células del cuerpo, toda reclamación posible sobre ellas desaparece y dice que “cuando se dejan células en el laboratorio de un médico se abandonan como basura, y cualquiera puede coger esa basura y venderla.”

Hace no mucho tiempo, a principios de 2013, el Instituto Nacional de la Salud de Estados Unidos ha negociado con la familia Lacks, con la tercera generación, y ha llegado a un acuerdo para que tengan por lo menos información de lo que se hace con las células y, en la actualidad, con el genoma de Henrietta, que también es de la familia Lacks. A este acuerdo se llegó porque ya entonces había dos proyectos en marcha para secuenciar el genoma de las células HeLa. Uno de esos proyectos ya se ha publicado en Nature. Allí se hizo público el genoma de una mujer a la que no se pidió permiso para hacerlo, ni siquiera para cultivar sus células.Fue una paciente con cáncer en el Hospital Johns Hopkins y como tal se le trató, como mejor se pudo en su época. Se tomaron sus células y se utilizaron sin su consentimiento ni el de su familia. Pero también era lo habitual en su tiempo. Y, en tercer lugar, nos quedan sus descendientes, los nietos y biznietos de Henrietta, que siguen siendo tan pobres como lo fue ella. Quizá podrían recibir algo de los enormes beneficios que muchos han obtenido de las células de su abuela. Algo que ayude en su educación, salud, empleo e, incluso, finanzas. Todo ello en recuerdo y homenaje de una mujer, esencial en la historia de la medicina y que, durante 60 años, ni siquiera existió.


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