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lunes, 26 de diciembre de 2016

La gran renuncia de los hombres.



En 1930, un psicoanalista británico el psicoanalista John Carl Flügel acuñó el término "La gran renuncia de los hombres.", incluida en su libro ‘Psicología del vestido’. Por medio de la misma se etiquetaba una conservadora actitud masculina hacia la ropa que llevaba vigente más de 120 años.

Todo comienza con la Revolución Francesa, y es que la negación del Antiguo Régimen también afectó a la indumentaria. Hasta esa fecha, las leyes suntuarias marcaban cómo se debía vestir en función del estrato social al que se perteneciera, con colores y prendas reservadas para la aristocracia. De ahí que, en aras de la fraternidad, una de las máximas del Nuevo Régimen ("Liberté, égalité, fraternité"), sus líderes optaran por definir un traje que estandarizara al hombre desafiando a la tendencia imperante. Y es aquí donde comienza el hombre sobrio.

La reforma se consolidó a través de diversos factores que ayudaron a su popularización. Por una parte, el económico. Hasta la fecha, el tejido era la parte que más inversión requería en un traje, pudiendo suponer hasta el 95% del precio final de una prenda. Los bordados llevaban horas de trabajo manual, los tintes suponían costosísimas inversiones y eso había que pagarlo. El nuevo uniforme que se planteaba resultaba mucho mas económico y además servía de tábula rasa para todos. No solo eliminaba la diferencia de clase sino que también muchos más hombres iban a poder vestir igual que su jefe. Nadie sabría a primera vista, por tanto, si quien tenía delante era un par de Francia, a un alto funcionario o a un burgués.

Sumado a lo anterior, en estas fechas comienza la dignificación del trabajo. Si hasta la fecha trabajar era símbolo de una clase inferior, ahora se empezó a ver bien el concepto de hombre de negocios. Atrás quedaban los salones de Versalles o el campo de batalla donde la nobleza ocupaba su tiempo sin prestar atención a los asuntos materiales del día a día. Comenzaba a estar bien visto el preocuparse por el devenir de las empresas. Y esto hacía necesario el empleo de un traje que permitiera trabajar. La comodidad se impuso y ayudó a que fuera más fácil olvidar los aparatosos vestidos del siglo XVIII. Tan ligada va esta idea con el nuevo traje que incluso Flügel se plantea en su obra la posibilidad de que el increíble avance industrial que se da en estos tiempos, un gran siglo para los inventos, tenga mucho que ver con que el hombre cambió de traje.

Y no solo eso. Además de dignificar al hombre que trabajaba en un despacho, es en este momento cuando se empieza a edificar la figura del hombre sobrio: de oscuro (negro a ser posible) y sin ningún tipo de accesorio ya que se entiende que no son necesarios para el trabajo. El hombre es la parte seria de la pareja. La decoración se reserva para la mujer que pasará a ser el escaparate de la bonanza económica de la familia y del éxito en los negocios de su cónyuge.

Más de 200 años después, y tras muchos vaivenes en la moda masculina, con especial atención a momentos como la locura de los 70 o el nacimiento del metrosexual, empezamos a recuperar nuestros derechos en el mundo de las tendencias. En el siglo XXI, el hombre vuelve a preocuparse por cómo viste y comienza a perderle miedo al color. El mundo del deporte ha servido como punta de lanza a la hora de conquistar el terreno perdido (piensa en Beckham, Cristiano Ronaldo, Russell Westbrook...) y las marcas de moda los han apoyado lanzando colecciones cada vez más arriesgadas donde el color es fundamental. ¿Crees que eres un moderno por llevar camisetas estampadas con piñas o helados derritiéndose? Sentimos ser tu jarro de agua fría. Ya sucedía más de dos siglos atrás.

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